Es eso lo que sucede con el cubano Alfredo Sosabravo, cuya exposición antológica ¿o mejor retrospectiva?, permaneció durante los tres meses finales de 1990 en el Museo Nacional, Palacio de Bellas Artes en La Habana. Un mar de creaciones de pintura, dibujo, grabado, collages y cerámica —géneros trabajados e interrelacionados por ese artista— ocuparon todo el espacio destinado a la muestra, con lo que se evidenció su alta productividad y riqueza de formas plásticas.
Tanto para los que conocíamos lo producido por Sosabravo, como para los que sólo habían apreciado algunas de sus fantasías en dos y tres dimensiones, el panorama que se ofreció resultó informativo y aleccionador. Aparte de propiciar el contacto con los múltiples hallazgos y las señales distintivas del creador, ofreció un modelo de rigurosa laboriosidad y cubanía que, si bien no responde del todo a las coordenadas expresivas de los artistas jóvenes de hoy, sí constituye un indicador de profesionalidad, constancia y consecuencia estilística apropiado para cualquier circunstancia de la cultura nacional. Se trata, esencialmente, de un ceramista y gráfico que cuenta con un estilo plural armado con cuanto ha sido objeto de su interés (los lenguajes figurativo y no figurativo, las más diversas simbologías, la inabarcable variedad de las materias, los medios ornamentales y los principios estructuradores del diseño...) ha entrelazado numerosas significaciones y experiencias vitales de la intimidad y la escena social, la naturaleza y la cultura, las problemáticas internacionales y lo que es, para otros, intrascendente de los ámbitos cotidianos.
Con el amor y el humor que le son privativos, Sosabravo apareció en la mencionada exposición. Se nos ofrecieron allí sus no pocas veces vinculados campos de significación: lo bello-natural, el espacio imaginativo, la recreación de la fisonomía y los comportamientos humanos, lo histórico y lo doméstico, además de la formación de metáforas plásticas y lo relacional y lúdicro asumidos en su visión de los animales, la vegetación y las máquinas. Estuvieron presentes valores de la tradición y la cultura popular que en su obra han adquirido configuración poética y frecuente, también funcional. Pudo verse que el caso de Sosabravo no es el de quien se vale de los anchos horizontes de su invención para abordar problemas y percepciones, sino el del artista en quien todo lo sentido y lo percibido se convierte en ingrediente orgánico de su creatividad, deviniendo asimismo factor de su desarrrollo en lo artístico y lo artesanal.
Manuel López Oliva
El enjambre artístico de Sosabravo.
Periódico Granma Internacional,
La Habana, enero de 1991.